La liaron parda. Los controladores aéreos españoles lo volvieron a hacer: joderle los vuelos a todo el personal. Y, con ello, joder ilusiones, dinero, tiempo, negocios o vacaciones.
La gente debería saber parar. Personas que desempeñan una labor tan delicada deberían ser responsables y consecuentes, y no arrogantes y soberbias como han demostrado ser. Esa gente no pestañea si se trata de mandarnos a todos al carajo, anteponiendo unos intereses personales egoístas y abusivos a las necesidades de toda una nación. Una ausencia del 90% de los controladores aéreos de todo el territorio nacional en el turno de las cinco de la tarde del pasado viernes provocó un caos sin precedentes en el país. Lo hicieron a traición, buscando el máximo daño y encubriendo una huelga a base de extrañas bajas médicas repentinas o alegando haber alcanzado el cupo máximo de horas anuales. Respecto a esto, me gustaría que alguno tuviera que ser operado de urgencia y que el cirujano le dijese: "Mira chato, yo te operaría, de verdad, pero es que ya he trabajado todo lo que tenía que trabajar este año y, oye, he decidido que necesito un descanso ahora mismo... Ya sé que ya estás listo para quirófano, en pelotillas bajo tu batita verde y medio sedado en la camilla, pero mira a ver si te aguantas un poco ese tumor o si convences al carnicero de la esquina para que te raje porque yo ahora estoy muy estresado, papito".
El gobierno, reaccionando rápidamente y con contundencia (menos mal), comenzó militarizando las torres de control y acabó declarando el estado de alarma ante la negativa de los controladores a acudir a sus puestos o a realizar su trabajo. La situación se ha normalizado desde entonces, pero la nación entera exige que los controladores paguen por su irresponsable osadía. Se ha hablado de suspensiones de empleo y sueldo, de cárcel, de despidos, de asumir indemnizaciones...
El sábado salió una controladora aérea por la tele, con voz trémula y quebrada, diciendo que estaban todos muy mal anímicamente y que les habían obligado a "separar" aviones en ese estado, que fíjate lo que había hecho el gobierno. A ver, monina, qué te pasa, ¿que en invierno hace frío y que con esa melancolía que producen los días grises es una lata trabajar? ¿O será que te da rabia que los obreros se vayan el puente a Mallorca y tú disfrutaras tus vacaciones el mes pasado -jopetas-, aunque te fueras tres semanas a las Seychelles? ¿O quizá será que no sabes si con esta crisis podrás llegar a fin de mes con tus escasos 300 mil euros anuales? Venga, desahógate y cuéntales a los parados tus frustraciones, a los que han estado ahorrando todo el año para darse un pequeño homenaje este puente y al final han tenido que dormir el fin de semana en el aeropuerto, a los que soportan sus turnos rotativos en una fábrica por mil euros al mes, a los que pasan la Navidad transportando mercancía por Europa en un camión, a los que friegan suelos y escaleras cobrando al mes lo que te pagan a ti en una hora, a los que la hipoteca y los plazos no les permiten ni regalar a sus hijos una peonza para Reyes.
Y digo yo, si estáis tan mal, ¿por qué no abandonáis ese empleo y, yo qué sé, buscáis el eterno relax en un templo budista perdido en el Tibet? Porque claro, el dinero no es lo más importante, ¿no? Que lo de cobrar un pastón es lo de menos, por supuesto, lo más importante de todo esto es que estáis muy estresaditos en el trabajo.
Son un colectivo sumamente privilegiado, y eso facilita que crean que sus derechos están por encima de los de los demás y que sus deberes están por debajo.
Debe de ser que están hechos de otro material, y que hay familias -de esas de sangre común- que están condenadas a subsistir con una pensión infame, pero el extraño elixir que circula por las venas de un controlador aéreo le exige un ritmo de vida no inferior a los 20 mil euros mensuales.
En 1981, el entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, se vio en una situación similar: el 3 de agosto, unos 13.000 controladores aéreos abandonaron su puesto de trabajo tras meses de infructuosas negociaciones con la FAA (Federal Aviation Administration) y dejaron miles de aviones en tierra.
Desde la Casa Blanca no se pestañeó: Ronald Reagan dio un ultimátum de 48 horas para que los controladores regresaran a sus puestos. En caso negativo, serían inmediatamente despedidos como consecuencia de la huelga, declarada ilegal. Si alguien piensa que no hay nadie tan loco o tan gilipollas de no reincorporse al trabajo en esas condiciones, se equivoca: sólo lo hicieron unos 1.600 controladores, es decir: casi un 90% de los controladores aéreos estadounidenses que secundaron la huelga -y casi un 70% del total- mandó a la mierda su empleo. Reagan aún hizo algo más: estableció un veto de por vida para que nunca fueran recontratados por la FAA. Un dato curioso: los controladores aéreos que se mantuvieron en sus puestos junto a los que se reincorporaron, fueron capaces de reanudar el 80% del tráfico aéreo regular.
¿Y qué pasó con los vetados? Cuentan que en los noventa el presidente Bill Clinton suprimió el veto, pero sólo fueron reincorporados menos de mil de aquellos controladores. De los más de 10 mil restantes parece que no hay información.
¿Y qué pasará con los controladores españoles? Aún no se sabe bien qué ocurrirá con los controladores insurrectos, pero desde el Ministerio de Fomento hablan de que esto tendrá consecuencias. Y eso esperamos todos.